lunes, 27 de septiembre de 2010
Sin título
viernes, 10 de septiembre de 2010
Taza de té y raíz de árbol
La taza de té sobre el mármol de la cocina: aún humeaba. Ya no quedaba nada adentro pero la base, lo que más tarda en enfriarse, seguía tibia. La miré y me sentí tan identificado. Había vuelto hace unos días pero todavía no había escuchado de ella. Nada. Ni un mensaje. Supe salir de la casa sin dar muchas vueltas, algo que siempre me costó. Afuera, el mundo, ese que por mucho tiempo sentí ajeno. El día gris y la lluvia incesante se amalgamaban con mi triste andar, una coreografía inevitable con algún tema de Fiona Apple de fondo. Caminé por la calle mirando el piso: la vereda deshecha; las raíces de los árboles levantando las baldosas. También me sentí identificado con ellas. Un proceso lento y por mucho tiempo imperceptible que de repente te sorprende, te hace tropezar o por lo menos mirar, bajar la vista y prestar atención al terreno por el que anduvieron tanto tiempo tus pies. Y vos ni cuenta…
viernes, 5 de diciembre de 2008
Impermeables
No había mucho más para decir. Franco escuchaba el lamento de una Clara que por primera vez experimentaba el desasosiego de un corazón roto, tal vez, como en muchos casos, la primera y única porque las relaciones posteriores a ese primer amor, por lo general, son más calculadas, más controladas. Hay ciertos eventos en una vida que no se pueden repetir varias veces, son devastadores y, en consecuencia, se intentan evitar.
Franco escuchó cada una de las palabras que decía Clara. La frase más repetida era “No entiendo nada”. Lo único que tenía en claro era que Franco ya no estaba enamorado de ella y que volver atrás era imposible. Se devanaba en pensamientos buscando una explicación lógica a lo que estaba sucediendo pero pronto de dio cuenta de que nunca la hubo: no la hay y nunca la habrá. Fue un instante de sufrida iluminación que la llevó, entre sollozos, a decir “No me entra en la cabeza que ya no haya nada, así no más, de un momento para otro. No lo entiendo, Franco (hace unos minutos hubiese dicho gordo, o mi amor) pero sí puedo entender que nada hay para hacer al respecto. Supongo que hasta acá llegamos.” Esas últimas palabras, a él, le sonaron conocidas y sabía que ella no se las creía. Ella también lo sabía. Un tímido sí salió de la boca de Franco quién no tenía pensando cortar. Franco sólo esperó. No tardó en llegar el fatídico beso enviado que abre la puerta al determinante chau, que más que una palabra es un sonido que emitimos, un sonido que posee la cualidad del frío y el abrigo, un fin o un principio. A veces ambos. En ese momento relució su cualidad invernal, la fría daga se clavaba hasta el fondo en el ya maltratado corazón de Clara, no por Franco sino por el desamor.
Franco bajó el teléfono y lo apoyo en el piso junto a él. Los ojos se le llenaron de agua, no lo suficiente como para convertirse en lágrimas pero sí lo suficiente como para señalar que el suceso lo había afectado. Se paró y caminó hasta el baño. Llegó hasta ahí sin una razón aparente, antes de advertir lo que estaba haciendo su ropa ya estaba en el piso y su mano izquierda giraba la llave del agua caliente. La ducha siempre lo calmaba, más que el baño de inmersión en el que no aguantaba más de cinco minutos. Abrió la llave del agua fría hasta el lugar justo, luego de años de darse duchas en ese baño no necesitaba tantear el agua antes de meterse. Se metió. El agua caliente se coló entre sus pelos, bajando por todo su cuerpo.
En ese instante se le aclaraban un montón de cosas o, mejor dicho, una cosa. Esa cosa era motivo de eterna confusión. Esa cosa la arrastraba hace años y desde aquel día, el día en el que a le rompieron el corazón.
*
“Hasta acá llegamos” dijo Sofía. Franco sostenía una taza de café vacía y fría. El día soleado parecía un chiste de mal gusto: inoportuno y fuera de lugar. Sofía sacó la billetera de su enorme cartera y de ella cinco pesos. Franco quiso frenarla, pedirle que se quede un rato más o por lo menos ofrecerle pagar el café pero no pudo, se quedó helado sosteniendo la taza. Un frío escalofrío recorrió su espalda y cedió sin voluntad ante la piel de gallina. Sofía tomó su suéter verde, el que le había regalado Franco, y se paró. Con la ingenuidad que lo caracterizaba en ese entonces, Franco había pensado que todo saldría bien porque había traído ese suéter pero al verla irse su inocencia se hizo patente.
No hacía frío pero ella ya sabía la sensación que la esperaba: ya había estado enamorada. Se puso el suéter y se acercó, con cierta distancia, a Franco. Más cerca de lo necesario la llevaría de vuelta a sentarse, tomar a Franco de las manos y besarlo. Ella todavía lo quería. Sofía había aprendido, con dolor, que el amor no existe sin condiciones y por esa simple razón dejaba a Franco, no porque lo había dejado de amar, sino porque no cumplía con ciertas condiciones que con el tiempo los llevarían a separarse de todas maneras. Sofía sólo estaba previniendo una catástrofe aún mayor. No se tomó la molestia de explicárselo, no lo entendería y ya bastante angustiado había quedado como para cargar con algo que sólo agregaría confusión.
Salió del bar. Franco todavía sostenía la taza en la mano, miraba fijo un punto inexistente, un punto que en alguna dimensión era la angustia personificada. Algo desorientada miró para ambos lados antes de decidir una dirección. A la vez se acomodaba el suéter, lo empuñaba a la altura de las clavículas como si de alguna manera apretarlo contra su pecho podría tapar la fuga de profunda tristeza que dejaba escurrir. Pensó en irse a su casa pero la soledad en una casa vacía es una presencia, un ente que nos sigue al cuarto que vayamos, sentimos el frío en la nuca y el vacío en el pecho. Mejor, distraerse.
Estaba cerca de El Ateneo de Santa Fe y Callao y optó por pegarle una visita. Sus primeros pasos en dirección a la librería los hizo pensando en que hoy perdía un poco más de ingenuidad, un poco más de inocencia. Después de todo, es eso lo que hace la pérdida del amor: nos hace cada vez menos permeables, algunos dirían que eso es crecer. Dejamos de lado el ideal y nos encontramos con un mundo más crudo pero más real. La realidad de Sofía era totalmente diferente a la de Franco; en la realidad de Franco el amor era eterno y en el de Sofía no. Esa madurez emocional era la herramienta que le había permitido a Sofía salir de ese bar sin mirar para atrás. Sofía no dejaba en Franco su primer amor, ese ya lo había perdido hace tiempo.
En El Ateneo hizo lo posible por evitar la sección de novelas, en especial las románticas. Se paseó por la sección de ciencias exactas, la de arte y la de niños. Esta última se le hizo pesada, los colores intensos le recordaban el amor en general, no solo el de Franco. Junto al amor siempre la pérdida y se acordó de aquellos que le robaron parte de esa inocencia y picardía que alguna vez fue suya. Recordó que fue el primer amor el gran destructor de su mundo, el gran padre que, con mano dura, nos lanza a un mundo desconocido. Desconocido y feroz.
*
La lluvia torrencial era una persiana que evitaba el paso de la luz. No podía esperar, estaba llegando muy tarde. Salió corriendo hacia el auto que estaba a un par de cuadras. A los pocos pasos sintió las gotas gruesas y pesadas pegar contra su cabeza. Hace mucho que no sentía la lluvia. Se detuvo, y caminando se sacó el impermeable.
lunes, 10 de noviembre de 2008
Normal
Así y por apenas un instante respiró profundo. Con un suspiro largo como algunas vidas se irguió y caminó paso a paso por una calle llena de gente. En su cabeza no hacía más que desnudarse ante su desgracia y entre tanto pensamiento la gente desaparecía y quedaba él solo con ella, tan distante pero siempre tan cerca, tan presente. Descubrió que la pena es víctima de la gravedad y que el penado sufre su carga con pies pesados y un tiempo lento de minutos largos y segundos eternos.
Anclada por su ceguera y su poca entereza deambulaba un mismo camino no queriendo abrir los ojos, eligiendo esa misma calle, esa misma catedral, esos mismos pasos que tanto detestaba para luego intentar olvidarlos una vez más.
Tomó un tomate y en silencio se perdió en la multitud.
viernes, 10 de octubre de 2008
En un mundo de gigantes
En un mundo de gigantes dejamos de lado al pequeño. No fue difícil. En un mundo de gigantes dejamos de escuchar a los débiles. Nadie pareció notarlo. Pero en este mundo de gigantes, en el que vivimos, ya nadie lo es.
Salí a caminar por las calles gigantes rodeado de todo lo grandioso pero ya nada era tan grande. Ese día pude ver más allá del deseo efímero de este mundo de gigantes, pude hasta tocar con las manos ese deseo profundo al que todos escapamos, ese deseo del alma. Las luces de colores ya no eran tan brillantes. Y gigante sólo era la marea de individuos perdidos en un mundo que les habían creado y que ya no se podía sostener. En ese momento me pregunté: ¿Cuándo se enterarán? ¿Estarán esperando que alguien se los diga? Posiblemente. Vivían en un mundo elegido por otros, por magos ficticios con máscaras de gigantes pero tanto más débiles que el resto.
Me senté en una plaza, en un pasto de verde realidad. A mí lado se ubicó un mendigo, o por lo menos eso dirían que era. Sentados en la vereda de enfrente miramos un mundo desvanecerse.
miércoles, 8 de octubre de 2008
Una historia de venganza
El haz de luz dio sobre su cabeza. La luz nacía de los primeros rayos de un sol invernal, tenue y diáfano. La cabeza pertenecía al animal que se había comido a toda mi familia. Yo estaba vivo de pura casualidad, algunos lo llamarían suerte y otros, destino. Pero a mí qué me importa, el resultado era el mismo: respiraba. En mi mano empuñaba el cuchillo de mi padre, el cuchillo que él, algún día, había prometido regalarme. Ahora, ese día nunca llegaría. Con ese mismo cuchillo cobraría mi venganza. Era cuestión de seg…
“¡Che! Son las tres de la mañana, apagá esa linterna que tu mamá está durmiendo, y ¡dejá de jugar con esa vela! ¡Ahora!”
El desagradable animal se había levantado y su rugido era feroz pero no me importaba, estaba decidido. Lo ataqué.
domingo, 20 de julio de 2008
Remar mi propio río
- Remando durante días llegamos a… - otra vez el cuento del Danubio, no se cansa, y como siempre logra hacer de la Selva Negra alemana una amazona tropical. Las caras se fijan atentas y expectantes, los oídos escuchan y los ojos ven y viven todo lo que él vio, todo lo que él vivió, increíblemente fastidioso. Él no sabe que el Danubio es el segundo río más largo de Europa con sus 2888 kilómetros, cuyo poblamiento data de la prehistoria (palabra que aún no logro entender), él no lo sabe porque no le importa la geografía. Tampoco sabe de la importancia de este magnífico río, de cómo une gran parte de Europa siendo un referente estratégico y económico para todos los países danubios; tampoco sabe que hizo de límite natural para el Imperio Romano y que fue testigo y partícipe de las dos guerras mundiales, (y como nota agrego que tildar esas guerras de mundiales siempre me pareció infantil e inocente; el ser humano ha vivido en guerra desde su existencia, como si fuera una sola. Deberíamos hablar de una guerra, la gran guerra, la vida). Pero no importa, él no lo sabe porque no le importa la historia, o sí, pero sólo su historia. Sus palabras nos sumergen en su río, porque ya no es más el Danubio, es el suyo y su cauce abarca y penetra nuestra imaginación invadiendo nuestros sueños y afectando nuestra realidad. Sus descripciones son casi adictivas, tan amenas como intrigantes, mantienen al mortal en vilo, desesperado por saber qué pasará después. Al rato nos hallamos, sin advertirlo, en el fondo de su río, nos movemos sin gravedad flotando en esa agua que manifiesta su calidez, su poder. Su agua es tan embriagadora que podemos respirar en ella, queremos vivir en ella, sólo para apenas sentir su cuento. Al principio no nos damos cuenta y para cuando lo notamos ya estamos inmersos y no queremos romper la superficie de su agua porque es lo que nos mantiene alejados y separados de nuestras vidas terrenales. Atrae, hipnotiza, inspira e intriga. Odioso.
A mis treinta y cinco años no me puedo quejar de la vida que llevo, el universo se ha confabulado de tal manera que siempre me encontró airoso, haciendo lo que me gusta, gran suerte la mía. He publicado dos novelas y una antología de cuentos, cuentos que fui juntando gracias a un foro. Ahora no importa, ésa es otra historia. A pesar de haber logrado hacer de mi pasatiempo mi trabajo, siempre sentí que no era suficiente para él, que mi éxito no era exitoso, que mi renombre no era para él más que un nombre. Su espíritu aventurero no se impregnó en mí, él viajo con su cuerpo y yo lo hice con mi cabeza. Ya cuando yo era chico él lo entendió, me invitaba a sus travesías y yo, siempre con libro en mano, le decía “no, gracias.”. Él lo entendió y yo no.
Al terminar el cuento la gente, todavía extasiada, iba saliendo de la casa volviendo de a poco en sí, recuperando la personalidad que por un momento había perdido en ese río multicolor. Como de costumbre me serené con vino para así aguantar el cuento y mi mal humor pero ese día fue diferente, mi enojo (y celos) no tenían límites, me desconocía. La situación tenía que cambiar, era ya insostenible. No estaba en condiciones de conducir, estaba borracho. Enfilé para mi viejo cuarto, seguía siendo igual y por igual quiero decir que seguía siendo mío porque estaba casi vacío, con un escritorio improvisado y una cómoda solitaria, como para darle apenas un sabor a habitación. Me derrumbé en la cama con la ropa puesta y logré dormirme pero la bronca aún latía en mí, corría odio por mis venas y ese odio corroía mi buen juicio. No sé cuánto tiempo pasó pero todavía era de noche, me desperté como de una pesadilla pero no había soñado nada y en mi mano se posaba un cuchillo. Lo empuñé con todas mis fuerzas, sabía lo que tenía que hacer. No estaba apurado pero corrí igual, estaba decidido, me guiaba el destino. Sin siquiera pensarlo y con el envión de la corrida clavé ese puñal en el pecho de mi padre que dormía con tanta paz. Mamá dormía en otro cuarto. Él no gritó, abrió los ojos pero permanecía inmóvil, la sangre salía a borbotones, me daban arcadas, nunca me gustó la sangre pero tenía que aguantar, había que terminarlo, ya no había vuelta atrás. Saqué el arma de su pecho con dificultad, la hoja entra más fácil de lo que sale. Me impulsé y lo clavé otra vez. Él parecía sonreír, ¿estaba enterado de que moriría ese día? ¿No me daría ni el placer de hacerlo sufrir un poco? Clavé otra y otra vez, ¡esa maldita sonrisa! Pero no pude más, estaba lleno de sangre y culpa, pero extrañamente el odio y la bronca habían desaparecido. Corrí para el baño, me desvestí y acto seguido me enterré en mi cama y me cubrí con las sábanas, sólo quería dormir. Él estaba muerto seguro.
Esa mañana me desperté aterrorizado, abajo de las sábanas y en calzoncillos, ¿qué había hecho? Escuchaba a mi madre llorar desconsolada. Lo había matado en serio, había apuñalado a mi padre. No tenía ni ganas de escapar, abracé mi almohada y comencé a llorar, primero en silencio para que nadie me escuchara, ni siquiera yo, no me lo permitía. Pero fue inevitable, rompí en un llanto que estremeció los cimientos de la casa y casi hizo llorar a las paredes, ellas conocieron esa angustia. De pronto escuché unos pasos y una voz que no reconocí me dijo:
- Veo que te enteraste, vení acá.
Levanté la cabeza para ver quién era, ¿quién podría querer abrazarme después de lo que había hecho? Me limpié los ojos que eran agua y parado en la puerta de mi cuarto estaba él, mi papá. No entendí, y tampoco quise hacerlo, si estaba soñando no me importaba. Me levanté de la cama de un solo movimiento y me sumergí en su abrazo. Gracias a Dios, el me lo devolvía. Seguía sin entender pero la culpa desaparecía. Mis lágrimas empapaban su pecho, el pecho que yo había destrozado con cuatro golpes certeros, pero me olvidé de todo, sólo quería abrazarlo, cómo lo quería, cómo lo quiero. ¡Es mi papá, el mío y de nadie más, el único que quiero!
- Ya sé que la vas a extrañar a tu abuela, pero ya estaba vieja - me dijo.
Él no sabía por qué lloraba y nunca le dije, yo no lloraba la muerte de mi abuela, lloraba la vida de mi padre. Abrazándolo, con los ojos llorosos y como el niño que para él siempre fui y seré, le pedí que me contara una vez más el cuento del Danubio y él, sorprendido pero sin trabas ni preguntas, me lo empezó a contar una vez más. Y así yo comenzaba a remar en mi propio río.
domingo, 13 de julio de 2008
Una Supuesta Historia
Quiso amarla más que a nadie y ella le devolvió el corazón roto.
Con esta frase me pidieron que escribiera un cuento pero nada me inspiró. Otra historia de amor, otra idealización aniquilada por la simpleza de la verdad y la realidad: la perfección no existe. Y así es como muchos corazones terminan convalecientes, desahuciados y maltrechos.
De escribirla sería sobre adolescentes, aquellos que se entregan de pies a cabeza potenciados por la inocencia y la ingenuidad, la única manera de terminar con el corazón realmente hecho trizas. Ya de grande, y a cada corazón roto, perdemos esa capacidad de amor desenfrenado, nos protegemos y en última instancia, crecemos. Imaginemos un Carlos de veinte años. No es el mismo que un Carlos de treinta, y menos de cuarenta. Pensemos en una Sabrina de veinte, la primera novia de Carlos. Ella tampoco sería la misma que una esposa Sofía de treinta, y menos aún una amante Roxana de cuarenta.
Más allá del obvio cambio de nombre podemos suponer que el amor hubiera florecido a lo largo de sus vidas y que al igual que Carlos habrían sufrido. Con el paso del tiempo sus corazones se hubieran refugiado en el cuarto oscuro de la soledad y el encierro. (Para aquellos que tiene familiaridad con el encierro y la oscuridad podrán certificar que si bien incómodos son conocidos y altamente buscados como refugio). No se casaron, o tal vez sí, incluso tal vez tuvieron hijos. Seguro hubieron idas y venidas. Seguro hubieran llorado, más el Carlos de veinte y la Sabrina de diecinueve (porque todavía no tenía veinte cuando se conocieron) que los subsecuentes Carlos y sus parejas de turno. Y aquí podemos objetar que usar el término pareja de turno es un tanto tétrico, un llamado al desamor y no al amor. Pero hubiera sido una realidad. Y Carlos lo sabe.
Cuando Sabrina le hubiese contado a Carlos que se iba a Perú a trabajar en la selva con los indígenas (a esa edad también pensamos en cambiar el mundo) hubiera sentido su corazón devuelto en pedazos. Todos sus planes, sus proyectos, su ideal se hubiera derrumbado y hubiese quedado él sólo, desprovisto de sueños y deseos, o mejor dicho, eternamente ensoñado y deseoso pero privado de la herramienta forjadora de su tan ansiado destino: un supuesto amor. Sí, Carlos le hubiera entregado un corazón esperanzado. Sabrina le hubiese devuelto un corazón entero que al tocar las manos de Carlos se hubiese quebrado porque para él no pertenecía en sus manos, pertenecía en el pecho y alma de Sabrina, ese corazón ya no sería suyo, sería de ella. Con el tiempo hubiese buscado consuelo en una frase que se repetiría hasta hacerla su realidad. “La vida es así” sostendría durante años.
Con esa frase en mente y con un corazón cicatrizando hubiese conocido a Sofía. Lo único que puedo decir aquí es que se hubieran casado, nada más. Ni siquiera hijos, hijos que tal vez les hubieran traído más sonrisas de las que emitieron mientras duró un matrimonio de ficción. Sin amor se hubieran casado y sin amor se hubiesen separado. Roxana hubiese sido una amante, excelente sexo pero no mucho más. Carlos hubiese intentado hacerla más que una amante pero por esa época empezaría a hacer terapia y entendería muchas cosas de su vida.
Este Carlos de los cuarenta sería muy diferente del Carlos del los cincuenta. El Carlos de los cincuenta sería más consciente y un episodio potenciado por la perfección del cosmos (la única perfección que existe) le abriría un nuevo amor por la vida. Se la cruzaría a la Sabrina de veinte que ya estaría en sus cincuentas. Para sorpresa de Carlos sería la misma que la Sabrina de veinte y entendería que nunca hasta ese momento habría podido amar porque ella jamás le devolvió un corazón roto, le devolvió un corazón entero, el de ella. Después de todo, esa frase era la más verdadera que jamás habría emitido en su vida entera: “la vida es así”.
viernes, 4 de abril de 2008
Purpurar
En este mundo púrpura no es fácil purpurar por lo cual elegimos un pálido amarrillo y amarillamos. Vemos púrpura pero nos resistimos a su pasión, ese color que es nuestra sangre y nuestro amor. Purpurar es luchar, volverse vida y poder sentir todo aquello que nos hace.
Lo vi a Osvaldo el otro día, estaba como siempre, enamorado de Elvira. Es difícil creerle porque su cara está amarilla y se lo ve desganado; además, cada vez que me lo cruzo él esta yéndole a comprar algo a su amada que es una dejada y con un valor que me parece yace entre sus piernas y el pobre Osvaldo no puede tomar distancia. Está atrapado en esa jungla, ni una pizca de cielo puede ver. En el fondo seguro puede pero prefiere no hacerlo, su cielo es opaco y gris, el sol brilla pero sólo detrás de aquellas nubes, aquellas nubes que tiene que atravesar para llegar al pleno azul.
Distanciados del adentro nos aferramos a ese afuera que promete salvación y pertenencia, sufrimos pero no lo sentimos, nos rendimos ante los placeres inmediatos y estamos contentos, o más bien, contenidos, por lo conocido, por lo falto de espontaneidad.
La tristeza de Osvaldo es tal que penetra a cualquiera y lo traspasa sin ningún tipo de permiso y puede, a veces, dejar marcas que duran todo un día. Osvaldo se olvidó de quién es, porque ya no es Osvaldo el que jugaba al fútbol en la cancha del barrio, ya no es Osvaldo el que organizaba los mejores asados. Osvaldos hay muchos pero el tiempo los fue matando de a uno, o más bien enterrándolos vivos porque Osvaldo no puede morir, nada puede matar a Osvaldo, ni siquiera él.
El amarillo es un color fácil de controlar, no tiene profundidad. No es fácil volver al púrpura, hay mucho sufrimiento y dolor; voluntariamente pocos emprenden su búsqueda. Por voluntario tenemos que entender consciente porque todas las decisiones que tomamos son propias.
Hay viene de vuelta Osvaldo, arrastrando los pies, pensando en el amor que él no sabe está puesto en una entrepierna que no pertenece a nada entero. Tengo que ayudarlo pero no sé cómo, no se me ocurre solución alguna. Tal vez…
…con un cuchillo…
…¿con un cuchillo? Sí, con un cuchillo. Con el cuchillo lo puedo…
…cortar…
…y al cortarlo va a sangrar, y al sangrar va a ver… ¿qué va a ver?
…que su color…
…es púrpura.
martes, 20 de noviembre de 2007
Hermeto
Hermeto está medio loco y le gusta bordar. Vive entre hilos y agujas, punto de cruz o punto llano, bordado de realce o liso; no hay técnica que no conozca y las utiliza todas, no tiene preferida; me ha dicho que la preferencia es la exclusión de otras posibilidades iguales o más importantes, con lo cual urge la igualdad, no por la similitud sino por lo opuesto: la diferencia. Cuesta entender a los locos aunque con el tiempo me he dado cuenta de que muchas veces elegimos no entenderlos porque tienen mucha más razón que nosotros, son tanto más cuerdos y auténticos que nosotros; aceptar su locura sería rechazar nuestra estructura, requeriría la destrucción de nuestras barreras y la posible unión con nuestra esencia, algo a lo que todos tememos y escapamos. Hermeto sabe esto porque Hermeto sabe todo, está loco. Algunos le atribuyen el poder de mago y se entiende por qué: con sus pelos blancos y barba blanca parece un Papá Noel hippie pero que en vez de regalos regala sabiduría, que dura tanto más y cuyo es únicamente sufrir.
Hermeto cree en el sufrimiento y dice que es el mejor regalo que nos puede hacer Dios, puesto que el que no sufre no vive, y todo sufrimiento cuenta, desde querer comprar un Beldent y llegar al kiosco para enterarse de que no tienen más, como la muerte de esa persona que pensábamos que nos definía. Sufrimiento hay de todo tipo y tamaño, todos ofrecen expansión aunque en el momento sentimos que nos contraemos y todo pierde sentido, pero es una muerte que ofrece renacer.
Hermeto me enseña y me cuenta todo lo que sabe. Yo me siento junto a él día tras día y aprendo, gozo de su sabiduría y me hago sabio yo, no puedo pedir mucho más. Pero últimamente siento que mi presencia lo molesta a Hermeto y hace unos días lo comprobé. Hace unos días me tomó del brazo y me dijo “Desde hoy en más, te bautizo El estúpido.” La primera vez lo tomé como chiste, me reí y no le hice caso. Justo ese día comenzaba un bordado nuevo. Desde ese día hasta hoy Hermeto no pierde oportunidad para usar el nombre de mi último bautismo y yo supongo que es parte necesaria en mi camino hacia la sabiduría: la paciencia, el temple. Un estúpido de treinta y cinco años se ha vuelto su frase preferida y por preferida me refiero a la estadística, porque sabemos que Hermeto no tiene preferencias.
“¿Sabrás que en cierta parte de este planeta el simple hecho de tener treinta y cinco años es una bendición? ¿Sabrás que, al igual que este león y este elefante que me encuentro bordando, hay etnias que hoy se extinguen? ¿Sabrás que aún hoy hay monarcas y dictadores? ¿Sabrás que hoy tienes la oportunidad de tomar el camino que quieras pero no lo haces? Claro que no lo sabes, eres estúpido. Eres estúpido porque te sientas horas al lado de un loco y piensas que hacerlo te hará sabio, y mientras, la vida te pasa por delante y ni siquiera lo notas. Eres estúpido porque todos lo somos pero el problema es no saberlo. De saberlo estarías buscando por otro lado, tratando de entender tu estupidez, estarías viviendo y no tratando de vivir a través de mí. Eres estúpido y es hora de que lo veas.”
Luego de este monólogo me entregó el bordado que terminó en el mismo momento que enunció la última palabra. Volví varios días más pero Hermeto ya no me hablaba, hacía de cuenta de que no existía. Ayer decidí no volver a ver a Hermeto; ayer, sentado al lado del mago de la sabiduría, pensé “Soy un estúpido”. Acto seguido me levanté y con una sonrisa me dispuse a vagar.
domingo, 23 de septiembre de 2007
Desarraigo
Él tomó sus bolsos y dejó el cuarto. Atrás dejaba toda una vida, una vida que ya no era suya, que tal vez nunca lo había sido. Sentada en la cama, quedó ella con respuestas. Él salió caminando y jamás miró para atrás, no tenía sentido, la decisión había salido de lo profundo y no había respuestas sino más preguntas. Jamás sintió pertenecer a ese lugar, jamás sintió raíces. Pudo ver cómo había puesto en ella toda la necesidad de ser parte de algo, algo más grande que él, de ser parte de un todo y no de ser un extranjero. No era culpa de ella, no era culpa de él, simplemente era. Se sentó en la parada de autobús y recordó, recordó todo lo que había pasado. Le vino a la mente su familia, la que él sentía perdida, le vino a la mente esa fría noche de junio en la que decidió abandonar su casa y entregarse al mundo, entregarse a lo desconocido. Había llegado a una ciudad desalmada, a un mundo deforme.
sábado, 22 de septiembre de 2007
El último viajero
La muchedumbre se apelmaza dentro de aquel barsucho, la gente escucha expectante y en silencio. Es extraña la quietud que se siente en un lugar tan repleto de gente donde el sudor, las pisadas y los empujones son la norma. Si uno está al tanto de lo que sucede allí adentro lo entiende a la perfección. En el interior del bar, sentado en una silla, se encuentra un hombre de unos treinta y cinco años, pulcro y bien vestido. Habla gesticulando ampuloso, revoloteando los brazos con gran vigor y sentimiento. Ese señor es conocido como el último viajero. Sus historias atraen gente de todas partes del mundo, ha visto lo que pocos y eso siempre llamó la atención dada su corta edad. Habla de su viaje por África y su encuentro con una feroz manada de leones de los que pudo escapar gracias a su naturaleza sagaz; cuenta cómo ese encuentro le costó un dedo, el índice de la mano de derecha. Para su buena fortuna habría conseguido arrebatarlo del interior de la boca de una feroz leona y un poderoso jefe zulú, con magia sólo conocida en esas partes del mundo, habría logrado restablecer ese dedo en su lugar original. La ceremonia habría durado varias horas, el sol se habría oscurecido por unos minutos. Su viaje a través del Océano Atlántico y su encuentro con orcas asesinas no palidece ante las travesías africanas; jura que sintió cómo los dientes de una orca le rebanaban parte de la cara pero, para su buena fortuna, habría sido sólo su imaginación, una fantasía elaborada en ese exacto momento que le avisaba que tenía pocas chances de escapar y que debía aprovecharlas como si fuesen las últimas, porque en efecto, lo eran. Agradecía eternamente esa alucinación, pues le habría salvado la vida, y también su cara, la cual resplandecía bien afeitada e intacta. Relata cómo se salvaron sus dos piernas gracias a una hermosa mulata que lo habría ayudado a escapar de un destino poco afable, el de ser devorado por hambrientos cocodrilos. Cuenta sus anécdotas con total convicción; pocos dudan de su veracidad pues el viajero las evoca una y otra vez y jamás omite un detalle. La gente, anonadada por los cuentos, sale del barsucho extasiada, sumergida en la grandilocuencia de este ya reconocido viajero.
Yo había llegado al pueblito con ansias de conocerlo y contaba con la fantasía de poder sentarme frente a él aunque fuera un instante, preguntarle algo inteligente y estrechar la mano del célebre viajero. Estuve varios días para poder entrar en el bar, había dormido acostado, parado y sentado: ninguna posición de descanso me era desconocida, las había probado todas. Mis necesidades básicas habían quedado relegadas, mi única prioridad era llegar al interior de ese lugar. Estaba debilitado, mal comido, deshidratado y exhausto. Pero me había propuesto llegar, y lo haría. Nada me podía hacer cambiar de parecer. Varios caían desmayados por la falta de agua pero nadie amagaba ayudarlos, simplemente pasaban por arriba de ellos y tomaban su lugar en la fila; una persona menos se sentía una bendición. A medida que me acercaba a esa puerta de madera podrida y mal pintada empezaba a escuchar la voz estruendosa e imponente del viajero. Entre el murmullo se escuchaban palabras como rugido, fiereza, muerte, heroico. Las ganas de estar dentro del bar se acrecentaban. Se hacía cada vez más patente el peso de aquellos que venían detrás y me podrían llamar mentiroso si digo que yo no empujé. Ya a pocos metros de entrar las piernas no me sostenían, y no puedo decir con certeza que era yo el que me sostenía. El mar de gente había hecho de las fuerzas una sola y nos volvíamos uno ya que nuestro fin era el mismo; mis piernas eran las del otro y las del otro eran las mías, se perdía en la multitud la persona y se convertía en humanidad, pero no por deseo sino por necesidad. Apenas se lograba entrar en el bar el deseo era de apartarse, de encontrar el mejor lugar para escuchar durante diez minutos (a un precio no tan módico) las historias del viajero. Adentro del bar se acrecentaban los empujones y las riñas; relucía el hombre y no el humano. Abatido y sin ganas ni deseos de empujar (no por decisión sino por inhabilidad) me hundí en una de las paredes de barro que sujetaban el precario techo del aposento. Miré a mi alrededor y por un instante vi el salvajismo al que me había sometido. Ya no aguantaba más. Deseé estar en otro lado y mis deseos se hicieron órdenes. Logré enfocar la mirada sobre un pobre y decrépito viejo que se sentaba solo a una mesa y acto seguido caí rendido sobre la tierra, inconsciente.
Desperté sentado a una mesa, mareado y todavía abatido. Atrás se seguía desenvolviendo la escena circense provocada por el último viajero. Me quise incorporar para poder acercarme a él y por lo menos escuchar con más claridad las hazañas. Ya no podría estrechar su mano, estaba muy lejos. Apenas me levanté de la silla una mano suave y liviana me tomó del brazo, era el viejo decrépito. Mi reflejo fue de zafarme pero al ver su mirada me volví a sentar, algo en ella me habló y sin palabras me dijo lo justo para hacer que me quedara. Su ojo, el que no estaba tapado por su pelo, me dijo “No es para ti.” Tal vez haya sido mi imaginación pero yo insisto: su mirada realmente me habló. Me quedé observando un tanto perplejo a este extraño personaje. El viajero empezaba a relatar el cuento sobre la manada de leones y al mismo tiempo el viejo agarraba el vaso de cerveza que reposaba frente a él, al tomarlo noté que le faltaba el dedo índice de la mano derecha, me acercó el vaso y me hizo seña de que bebiera. Bebí. Quedé sorprendido y confundido por lo que estaba presenciando. El viejo sonreía levemente al ver cómo mi cara cambiaba a medida que bebía trago tras trago. Sin darme cuenta me tomé todo el vaso y una vez que llegué a ver mi reflejo en el fondo del mismo sentí que había tomado del codo al pobre viejo. Bajé el vaso un tanto avergonzado pero no había reproche ni enojo en ese ojo, sino serenidad. Con un leve movimiento corrió los pelos que ocultaban su otro ojo que para mi sorpresa no tenía. En su lugar lucía una enorme cicatriz que empezaba en la frente, seguía por el cuello y terminaba vaya a saber dónde, no pude más que pensar en las orcas. Me detuve un segundo y giré para ver al viajero y nada de lo que decía tenía sentido. Me sentí un estúpido y esa estupidez se transformó en furia y enojo al saber al viajero un embustero, lo quería increpar, quería que todos los presentes supieran que era una farsa. Más me sorprendía la pasividad del viejo quien dejaba al falso viajero adueñarse de sus aventuras y viajes, contarlas como propias y tomar como suya una vida que no le pertenecía. Durante unos minutos todas estas emociones me superaron y estuve sometido al sentir sin poder actuar. Al tiempo logré bajar de tal estado frenético; estaba exhausto por mi travesía y ahora se sumaba un cansancio diferente, el de sentir sin límites, al parecer una combinación destructora. Dentro de una indiferencia que de pronto se apoderó de mí lo miré al viejo y le pregunté “¿Por qué?”. Me miró y sonrió, no tenía pensado hablar pero nuevamente no hizo falta. Volteé para ver al viajero que ya no era un viajero, era un mero hablador. El público perdía consistencia y el hablador se movía y decía pero de su boca no salía nada, estaba más muerto que los muertos.
martes, 18 de septiembre de 2007
Pensar en África
El avión sufre un desperfecto y nos desvían a Senegal. Aún en el aire la gente se altera al punto de la histeria y mira para todos lados como preparando un plan de acción. El iluso piensa: “¿Si me tiro sin paracaídas, sobreviviré?” El sabelotodo suspira: “Si algo le pasa al piloto, yo, a este bebé, lo aterrizo de taquito.” Ya el desequilibrado aventura tomar al piloto a punta de pistola (que no tiene) y demandar que “aterrice el avión sin estrellarse o mato a todos los pasajeros y tripulantes”. Ésa es buena, seguro que la montaña contra la que golpeemos le va a dar una mano. Yo respiro y pienso en ella; a treinta mil pies de altura preocuparse cuando no hay posibilidad de ocuparse es un tanto absurdo. Claro que esta lógica también da resultado a nivel del mar pero muchos hacen lo imposible por obviarla para poder hacer sus vidas algo más complicadas y así sufrir un poco más de lo necesario. Sí, es todavía más absurdo que hacerlo a tantos pies de altura. Yo lo sé por experiencia. De joven me compliqué mucho la vida, hasta que un día me desperté y algo en mí dijo basta. Supongo que fui yo pero no me animo a darme el crédito. Recuerdo bajar a desayunar y recibir la eterna pregunta: “¿Cómo estás hoy?” Casi automáticamente salió de mi boca una frase que me cambió la vida. La frase no encierra ninguna poética ni palabras mágicas pero resumió a la perfección lo que hoy me mantiene de pie, yendo para adelante. Al principio intenté registrar ese tono irónico que me caracterizaba, ese refugio del débil, del arrogante panicoso. Pero no, había salido de mi corazón (al parecer todavía tenía uno de éstos) y esto lo confirmé cuando las caras de angustia resplandecieron en sonrisas y alivio. Siempre me dejo llevar por todo lo que me hizo pensar esa frase y me olvido de compartirla, pero hoy no, mi estimado lector, hoy no. La frase fue la siguiente: “Bárbaro, porque estoy vivo”. La pregunta que produjo esta respuesta quedó tan relegada en el relato que la frase deja que desear pero, por usted, las voy a juntar para que vean lo bien quedan juntas:
- ¿Cómo estás hoy?
- Bárbaro, porque estoy vivo.
Miro por la ventana del avión y ya aterrizamos, ni cuenta me di y tampoco pensé en ella. ¿Qué querrá decir esto? Por los parlantes suena la voz del capitán de abordo: “Damas y caballeros, los técnicos aeronautas tardarán unas dos horas en revisar el desperfecto en el motor derecho…” ¡Qué necesidad! Lo último que quiere saber un pasajero de avión es que el desperfecto es en un motor. Seguramente pocos de los pasajeros del avión entiendan la física que mantiene al avión en el aire pero todos saben que a esta física (inexplicable para muchos) la sostiene el motor, aquello que le da movimiento. Por Dios, en estos casos soy partidario de la mentira. Nos podrían decir que se acabó el champagne en primera clase, esto intensificaría nuestra envidia y odio por esa raza elitista pero sería apropiada, toda la ansiedad y el miedo acumulados durante aquel descenso inoportuno se diluirían en odio y bronca. Qué dicha hay en la ignorancia, prefiero ser feliz y no saber a saber y ser miserable.
El reloj marca las 11:11 PM, un horario que me persigue adonde voy, ese número, el once. La gente se revela contra la tripulación y demanda un cambio de aeronave. Ante tal revolución no queda otra solución que acceder. Bajamos a la manga y pido permiso para salir del aeropuerto a fumar un cigarrillo. Una vez afuera del aeropuerto me siento en África, los aeropuertos son tierra de nadie. Enciendo el cigarrillo pero lo apago, prefiero el aroma salvaje de este continente tan misterioso. Me siento en uno de los carros para llevar valijas y contemplo la vista; el aeropuerto está un tanto elevado por lo cual me deja imaginar la llanura que se transforma en selva, siento el impulso de quedarme y dejar todo atrás, entregarme a las raíces pero algo me dice que tengo que volver. Es ella otra vez. Cierro los ojos y suspiro. Miro el reloj y ya es la 1:30 AM, hora de volver al avión. Llego a la cola y la buena gente de primera tiene prioridad para subir, espero que esta vez no se les acabe el espumante. Me quedo al final de la cola; cambiaron la puerta de embarque. Llego al mostrador con mi pasaporte, soy el último. Miro al empleado de la aerolínea y le pregunto:
- Es el mismo avión, ¿no?
No me contesta pero su sonrisa lo delata, la respuesta es obvia. Yo sonrío y le guiño el ojo, qué dicha hay en la ignorancia. Una brisa me acaricia la piel y de vuelta siento aquel aroma salvaje. Ya ni sé quién es ella. Estoy seguro de que éstos no serán mis últimos días en África.
lunes, 27 de agosto de 2007
La historia de Verne (y un poco de la CIA)
El destino es ineludible e indescifrable en casi todos los casos; ineludible en todos pero no indescifrable. Como ejemplo, y antes de meternos en el cuento, tenemos al inolvidable Mozart, quien no pudo eludir su destino, pero sí pudo descifrarlo a una muy temprana edad. Supongo que allí yace la verdadera genialidad, descifrar nuestra esencia y poder así expresarla, y, de esa manera, ser. Nada tiene que ver la inteligencia con la genialidad, aunque muchos crean que sí. Es más, mucha inteligencia puede pasar como genialidad encubierta, una falsa esencia, una mera máscara. ¿De qué nos sirve? De nada, porque de nada sirve evadirnos. Al caso viene el destino; la genialidad y la inteligencia simplemente emergieron, como suelen hacerlo, más la inteligencia que la genialidad. Pero reitero, no vienen al caso.
Verne Holmes no pudo eludir su destino, relució su genialidad (después de todo sí vino al caso) y así descifró, sin gran reparo, su esencia: espía nato. Nació un frío día de verano o un cálido día de invierno, como suelen hacerlo los espías. Atípicos. Su intuición era magna y su percepción vasta. Comenzó su entrenamiento estudiando a sus padres: a los dos años ya podía desmenuzar cada una de sus actitudes, cada uno de sus gestos, el más ínfimo movimiento. Como ejemplo, Verne sabía que los días en que la mamadera estaba a temperatura óptima, la madre era feliz. Pensarán: el término feliz es un tanto ambiguo. Pero para Verne también lo era el término óptimo. Sí, así de bueno era. No voy a entrar en detalles sobre lo óptimo y su ambigüedad, sería por sí solo un cuento aparte, que consideraré escribir.
A medida que pasó el tiempo se afirmaba su naturaleza de espía, le era inevitable. Ya en su preadolescencia no podía evitar interpretar todo aquello humano. Con naturalidad decodificaba el tono de una voz, la postura de un cuerpo. Con esta información (y otras más, que sólo él sabía obtener) descifraba ángulos para abordar conversaciones, para entablar relaciones. Toda palabra emitida de su boca era el resultado de una recopilación de datos vueltos estadísticas (instantáneamente) en su cabeza. Puro filtro.
Le tomó mucho tiempo darse cuenta de que no era capaz de emitir una palabra sin procesar datos: no le era propia la espontaneidad. Claro, ustedes pensarán que pocos son capaces de serlo pero ¿cuántos lo reconocen? Y, tan extremo como Verne…pocos, tal vez nadie. El problema para Verne era justo ése, se reconocía falto de espontaneidad. Esto le molestaba mucho, lo enojaba, lo deprimía. ¿Por qué? Con el pasar del tiempo se dio cuenta de que todas sus relaciones eran falsas. Su vida era falsa.
Con esto dicho podemos volcarnos sobre el comienzo del espionaje profesional de Verne. Se volvió profesional a la temprana edad de quince. Su don fue descubierto por su padre, un militar frustrado que proyectaba su patriotismo y sentido del deber sobre el pobre Verne. No le hizo falta ningún tipo de entrenamiento, era claro que lo llevaba en la sangre, era su lenguaje. Cuando se abrió la posibilidad de meter un infiltrado en la escuela del hijo de Hans Volmmer, político y extremista alemán, como lo eran muchos en esa época (extremistas, no necesariamente políticos), surgió la oportunidad de meter al joven Verne. Perdón, no he dicho qué época. Redondeemos en 1935, a falta de certeza, como lo es todo en el espionaje. Era una oportunidad única, ¿quién sospecharía de un inocente quinceañero? Para este relato la respuesta es nadie, pero en la realidad yo diría que todos (y si estás leyendo este cuento y todavía no tienes quince vuelve a leerlo cuando los tengas, comprenderás). Así comenzaría su más larga “amistad”. Pero de amistad tuvo poco, ya que el primer traspié fue un error de inteligencia (estaba destinada a emerger) o tal vez de tipeo: resulta que Hans Volmmer no tenía ningún hijo de quince años, pero sí tenía una hija de quince años: Kiara. La misión ya estaba encaminada, no había vuelta atrás, Verne tendría que adaptarse al nuevo (y bello) descubrimiento. Espías mujeres de esa edad y capacidad no habían disponibles, y la cercanía que se necesitaba haría sospechosa y reprochable la relación. Dadas las nuevas circunstancias, la misión podría salir mejor de lo planeado.
Y así fue, durante los primero años. Verne supo cómo enamorar a Kiara (pues, vamos, la amistad ya no era viable). Lo ayudaron el romanticismo y la simpleza que la caracterizaban. Mientras todos intentaban conquistas grandiosas, él se detenía en lo simple y eficaz: el fin de semana en crucero de uno era destruido y opacado por un único pétalo de margarita que Verne había encontrado cuando caminaba junto al lago. “Pensé en tu nombre y una brisa me envolvió, cosquilleó, y me dejó, con caricias, este pétalo, para vos”. También poeta. Sí, la competencia pronto desistió, Verne se ganaba el corazón de esta señorita.
El “amor” florecía y se potenciaba su espionaje. Pasaron los años y ya era común, y hasta grato, recibirlo a Verne en Casa Volmmer. Supo también conquistar a Hans y se volvió, sin mucho esfuerzo, su mano derecha. Hans, en su fantasía asistida, logró hacer de Verne un espía propio, infiltrado en el gobierno de Estados Unidos, fuente de información invaluable. El inocente Hans pensaba que el amor de Verne por su hija era magnánimo y eterno, lo cual lo hacía el ser más confiable del mundo, después de su querida Kiara. Verne pedía información vaga y de poco valor para entregarle a Hans, y éste le develaba sus más íntimos secretos. Para beneficio del gobierno de Estados Unidos, Hans se codeaba con altos políticos de toda Europa, con lo cual la información fluía como el Nilo en extensión y como el Amazonas en caudal. No se podía pedir más.
Todo era demasiado perfecto, dos palabras me vienen a la cabeza: reloj suizo. Sí, así funcionaba esta misión. Pero, hay algo que puede afectar el precioso andar de estos relojes. Ustedes lo saben pero por las dudas, y para no torturarlos con nimiedades, se los comento: una pila. Y, ¿qué es una pila? Un dispositivo que genera energía eléctrica por un proceso químico transitorio. La palabra a destacar aquí es transitorio, porque como bien sabemos, nada dura para siempre. Verne empezó a cambiar, desde el punto de vista de los Estados Unidos podríamos decir que se le acababa la pila, pero no era el caso. Después de tantos años de llevar esa vida Verne se descubría un robot, o peor aún, un títere. Era una reserva inagotable de información, información que no le era propia y de usarla para consumo personal constituiría traición. ¿¡Traición!? ¿A quién estaría traicionando? ¿A su patria? ¡Si ya no la conocía, ni la vivía, por Dios, para su patria él ni existía, peor aún, era el enemigo! ¿Quién era? Ni siquiera el amor por su ahora esposa era real, o ¿sí? Estas preguntas le carcomían la cabeza y su trabajo empezaba a flaquear. Protestaba ante las órdenes y cedía ante los besos de Kiara. Recobraba su espontaneidad en el amor y eso era lo único que quería.
Esta aventura, que había comenzado como algo independiente y pequeño, había crecido a proporciones casi incontrolables. El espionaje no era algo nuevo, pero así, como había sido llevado acabo, sí lo era, Verne era un recurso de altísimo riesgo. Y esto preocupaba al gobierno de Estados Unidos. Verne ya no respondía a las órdenes, seguía órdenes propias, órdenes que dictaba su corazón. Así colocó una semilla en el vientre de Kiara y al mismo tiempo cortó toda relación con el gobierno de Estados Unidos. No tuvo más remedio que revelar su verdadera identidad y su misión. Kiara lo tomó de la mejor manera, con el corazón abierto. Era claro que tenían que escapar y que vivirían escapando el resto de sus vidas pero a ellos sólo les interesaba estar juntos, en familia. Ellos eran su hogar, sin importar dónde los encontrara la vida.
Alrededor de esta época, Truman, presidente de los Estados Unidos asumía el poder y se encontraba con este problema, del que pocos sabían ya que todos estaban distraídos con el fin de la guerra, pero esto era peor. La información que había recopilado Verne era tan extensa que resultaba suficiente para crear archivos sobre archivos, para llenar habitaciones de papeleo. Era todo un gran caos. ¿Qué podían hacer con tanta información? El FBI no quería saber nada con esa anarquía. Lo que les sobraba era inteligencia pero estaba todo demasiado desorganizado, descentralizado. Se necesitaría una suerte de organización para recobrar el orden. Pero, oigan, ¿no está clarísimo? Lo que se necesitaba era centralizar toda la inteligencia por medio de una... ¿qué? ¡Agencia! Así se creó la Central Intelligence Agency, la famosa CIA.
Pero esto nos desvía de nuestra historia, la de Verne. ¿Qué sucedería con este pobre infeliz vuelto feliz? Amenazarlo no era opción, él tenía todas las cartas en las manos, él tenía el póquer de ases. Truman se vio obligado a olvidarse de él, a dejarlo desaparecer, un hombre menos que custodiar. La única manera de convertir a Verne en una amenaza era tratando de entrometerse en su amor, su propósito de vida. No había razón para hacerlo. Y me equivoqué al decir que nada es eterno, porque el amor de Verne por Kiara lo fue, y ésa fue su verdadera genialidad, hay que darse cuenta de esto.
Y contra mi voluntad saco esta conclusión: hay una cosa más fuerte que la inteligencia y que la genialidad combinadas o separadas: el amor. Y, ¿quién guía al amor? Sí, así es. El destino, o eso creo. Con tantas vueltas, estoy perdido, ya no me entiendo ni lo pretendo. Sólo espero que hayan disfrutado de este relato, esta historia de amor hilada con algo de inteligencia, un mínimo de genialidad y, por supuesto, todo el eterno, indescifrable e ineludible destino.
Uno de ellos
Ella subía y yo bajaba, vestía un vestido rojo a lunares blancos pero no fue eso lo que me llamó la atención. Estaba llegando tarde y fantaseé con dar media vuelta, olvidar la entrevista y correr tras ella, preguntarle su nombre y si le interesaba tomar un café conmigo. Por supuesto no lo hice, esos relatos siempre son anécdotas de amigos de amigos, o de un conocido que una vez... Relatos del fantasioso inconsciente colectivo, del imaginario de un puñado de románticos que soñaron y sueñan con ser personajes de esas historias, hacedores del trayecto intachable que tiene el amor...el amor.
El Aeroparque siempre me pareció un tanto triste, vuelos cortos, de cabotaje...suena a sabotaje, viajaste pero ¿adónde fuiste? Acá nomás. Llego de Córdoba pero me hubiese gustado haber llegado de París o de Londres, algún país que me haga sentir importante. Además al Aeroparque, imposible. El avión se movió bastante, el piloto eligió atravesar la tormenta en vez de rodearla. No había apuro, no puede haber apuro cuando las consecuencias del mismo se pagan con la vida. Fue de piola, de piloto argentino, además llegó con quince minutos de adelanto. El resto de los argentinos se olvidó de la turbulencia en la que niños, mujeres y hombres miraban con desconcierto y temor los relámpagos que se aproximaban peligrosamente a la aeronave, el resto de los argentinos se olvidó de que sus vidas habían estado en peligro, el resto de los argentinos se olvidó porque llegaron quince minutos antes de lo previsto, quince minutos antes para buscar las valijas, quince minutos antes para salir del aeropuerto, quince minutos antes para llegar a casa, quince minutos... Trato de no hacerme mala sangre pero me cuesta, soy argentino. Salgo del avión. Vestida con jeans y remera roja está ella esperando para abordar el avión. De nuevo no sé qué llevó mi atención hacía ella, pero con ese mismo no sé qué logré captar su atención. Pude ver que se acordó de mí ya que cuando nos acariciamos con la vista sonrió y esperó el tiempo justo para esconder esa mirada, el tiempo justo para que yo me diera cuenta de que me estaba mirando. Yo seguí mirando porque eso hacemos los hombres. Esta vez no pude contener el impulso que tienen los amigos de los amigos, esos conocidos que una vez...y me acerqué a ella. No quise arruinarlo así que no dije nada, saqué una tarjeta y se la di. Ella entendió que hablar en ese momento no era apropiado y que la tarjeta comunicaba lo justo y necesario para entablar un diálogo explícito y así remplazar al diálogo implícito de las miradas y los encuentros patrocinados por lo perfecto del azar. Tal vez, simplemente, entendió mi timidez.
¿Se pescará a la orilla de la Costanera? Paso en el auto y siempre me pregunto si la gente que espera con tanta paciencia un pique alguna vez sacó algo o no es más que una simple excusa para salir de casa, para tomar un poco de aire y no sentirse culpable por no estar haciendo nada. Jamás vi a alguno tironeando de la caña cual persiana que no abre, luchando contra un pez que desea no dejar de ser pez, que desea permanecer pez y no caer ante la fatal transformación de pasar a pescado. Tal vez no les importe sacar algo, tal vez estén pescando, y chau, así de simple. Algo en mi pantalón vibra, manoteo para cerciorarme de que esté todo bajo control pero no hay nada que controlar, es este aparato que me avisa que alguien en algún lado pensó en mí, y no sólo pensó en mí sino que además quiere que sepa que pensó en mí. Lo saco del bolsillo; rayado por las llaves y víctima de varias caídas todavía me pasa los mensajes. “Estoy cerca”. El mensaje pertenece a un número que no conozco. Nunca supe contestar mensajes de desconocidos, el “¿quién sos?” siempre me pareció un tanto desubicado, siempre lo sentí como maltrato, como desprecio. ¿Cómo contestar? Con una pregunta, seguro, así poder descifrar la identidad del personaje detrás del número. Escribo “¿Cuán cerca?” y lo mando. Me quedo con el teléfono en la mano esperando la respuesta. Estoy por Olivos, hay tránsito. Qué absurdo poner siete semáforos en setecientos metros. “Volví de Córdoba.” No puedo evitar sonreír, es ella. No la había olvidado, supongo que la fantasía del romántico vive en todos, no pude evitar fantasear con un posible reencuentro. Son de esas cosas que no se piensan tanto con la cabeza, llegan de otro lado. Mi cabeza me trató de iluso, de soñador pero decidí no escucharla y me di el lujo de serlo. “Qué suerte.”
Salgo a buscar el diario, hace frío esta mañana, el tiempo está cada vez más loco. Se acerca la primavera pero el invierno se niega a ceder su lugar, batalla contra el sol y un día hace calor pero al otro llega el tornillo. Las secuelas de Katrina profundizan... Terremoto en Perú... Chávez... Bush... Kirchner...El mundo está loco. Busco el mate y enfilo para el cuarto. Ya que estoy llevo unas tostadas y por qué no un jugo de naranja. Dejo todo al pie de la cama, me meto y está calentita, qué lindo. “Tenés los pies fríos”. Una voz quejosa sale de lo profundo de las sábanas. Y sí, al final soy uno de ellos, un amigo de un amigo, ese conocido que una vez... No me puedo quejar. “Buen día, amor, te traje el desayuno”.
miércoles, 1 de agosto de 2007
Herida abierta
Frente a ese intenso dolor no hago más que quedarme inmóvil, sufriendo. Sus dientes atraviesan mi carne sin mucha dificultad, ella sabe justo dónde morder. Sus dientes son punzantes como dagas, de punta reluciente, afilados hasta el límite de lo posible. Siento el calor de su garganta en mi cuello desgarrado, siento su odio en las venas que se parten y desangran. Ella no me quiere matar, sólo quiere verme sufrir. Su lengua áspera y felina lame la herida sin ninguna intención de curar, sino todo lo contrario. Arde. Otro mordiscón y sus dientes yacen en lo más profundo de mí ser. Yo permanezco inmóvil. Puedo intentar escapar, pero no lo hago. Más fácil sería defenderme, pero tampoco lo hago. Me dejo morder esa herida vieja que nunca cicatriza. Conozco mi poder y podría derrotarla pero ése no es el juego, además nunca me gustó verla sufrir. Yo apenas muestro los dientes, pero ella sin más ataca la yugular. No para de morder hasta verme derrotado, vencido. La fuerza nada tiene que ver, aquí la fuerza física no hace mella, ni el corazón. Ésta es la parte más perversa del amor: el poder.
Me acostumbré a no verla sufrir y bajo esa ley todavía existo, aún cuando sufro más de lo que disfruto. La empujo hasta el límite y para cuando me doy cuenta del inevitable desenlace ya es tarde, no hay vuelta atrás: preparo el cuello. Como ya dije, ella sabe justo dónde morder, dónde más duele para saberme inmóvil, y no tiene ningún problema en abalanzarse sobre ese punto. Ella es fiel devota de la frase “All is fair in love and war” (todo vale en el amor y la guerra). El amor desata en guerra y la guerra en amor, el círculo vicioso que ha llevado a este mundo de extremo a extremo, de arriba abajo, izquierda a derecha, de muerte a vida, y por supuesto viceversa. Nadie pelea con amor, sólo por amor. Ella se mete entera en una guerra unilateral porque no me defiendo, porque no es lo que quiero. Tampoco hay manera de frenar esa ferocidad desatada en ella, lo he probado y es peor, muerde cada vez más fuerte, aun cuando uno piensa que no es posible. Me debe creer débil, un pobre indefenso. Tengo las armas para combatirla, y si el combate es a muerte estoy seguro de que ganaría, yo también conozco sus puntos débiles y tiene muchos más que yo. ¡En su poder es tan vulnerable! ¡Qué ilusión el poder! Y ella lo cree, porque la dejo. Entonces tiene razón, soy débil, un pobre indefenso. Me dejo dominar y allí me quedo, esto ya no puede ser amor, es perverso.
Se preguntarán por qué no desgarro su cuello, por qué no arremeto contra sus partes blandas, llenas de inseguridad. La respuesta es fácil: la amo. Tampoco me pregunten por qué. Ni siquiera yo lo entiendo. Sólo se entiende lo lógico y no hay nada lógico en el amor, debe ser la falta de lógica la que lo hace tan necesario, tan sublime y a la vez tan devastador. Lo ilógico perdura y es lo que más tortura, y su tintura pinta nuestra vida en colores brillantes y opacos, fuertes y débiles y no nos queda más que dejarlo hacer al amor. Disfrutarlo. Sufrirlo. Vivir. Con sus defectos y horrores, todavía me fascina ese ser tan animal, tan magistral. Salvaje como ella sola, sabe muy bien cómo amar, lo hace con la misma intensidad y pasión con la que pelea, con la que castiga. Su sexo es fuerte y dominante, al igual que el mío, y nada da mayor éxtasis que una batalla carnal que culmina en una pequeña muerte de los dos, en unión y comunión. Su sabiduría es vasta y jamás desgasta. El dolor de sus ataques no es más que un espejo del intenso amor que puede desplegar ese ser. Este sufrir es el precio a pagar por vivir a su lado y yo tampoco soy un ángel; además los ángeles no pueden amar de esta manera porque no tienen maldad. La herida jamás deja de sangrar, gota por gota desangra. A ella el olor de la sangre la mantiene cerca, siempre en vilo. El día que cicatrice habré dejado de amarla.
lunes, 30 de julio de 2007
Salvar el hogar
Se subió al taxi y partió hacia el aeropuerto. Vi que de sus ojos caían lágrimas. Intentaba disimularlo pero le era imposible. No estaba segura de lo que había hecho, pero en situaciones como ésta las dudas son la norma, parte del doloroso ritual. Las últimas palabras que salieron de mi boca fueron: “No puedo seguir con esto, no más”. Creo que se lo veía venir pero por más que se vea la avalancha, te arrastra igual. Fugazmente me recriminé el momento que elegí para hacerle saber esta decisión, pero, como bien sabemos, no hay momentos oportunos para este tipo de revelaciones, para este tipo de situaciones. O, mejor dicho, todos los momentos son oportunos para estas revelaciones, siempre es oportuno sacarse de encima estos sentimientos y con ellos el peso que nos oprime. A la larga es lo mejor para todos. Ante todo la sinceridad y la verdad.
No sé cuánta verdad haya en esas palabras pero en este momento son mi mejor consuelo, me acuerdo de días en los cuales la verdad y la sinceridad eran tanto más crueles y dolorosas que la omisión y la mentira, y por supuesto, opté por la mentira, ¿quién no lo ha hecho? Me doy media vuelta y encaro para la casa. Qué vacía se va a sentir cuando entre, incluso, tal vez pierda ese aroma a hogar de que tanto disfruté en su momento. Las dudas golpean contra las paredes de mi cabeza y hacen un barullo casi intolerable, supongo que con el tiempo se aplacarán. ¿Y, si no? ¿Habré hecho lo correcto? Las dudas se repiten y repiten y no puedo parar de pensar. ¿Existe el amor eterno? ¿Las almas gemelas? ¿Matrimonios felices? ¿Relaciones sin problemas? O, ¿con problemas pero felices? ¿Chocolate que no engorda? Un mar de pensamientos incontrolables. Llegando a la puerta siento que algo me falta, algo no está bien. Agarro el picaporte y antes de girarlo, como un rayo, me atraviesa. Doy media vuelta y corro tras ese auto que de a poco se desvanece en la distancia. Agradezco, por primera vez en mi vida, a los semáforos en rojo (mi ansiedad ama el verde). Mientras corro no puedo creer lo que está pasando, ¡cómo pude ser tan despistada! Corro. Rápido. Si no lo alcanzo no voy a poder comer, no voy a poder dormir. ¡Corro más rápido!
Y, llego. Agitada como pocas veces en mi vida. Le golpeo la ventanilla, él me mira y sonríe, anticipando el sublime reencuentro. Yo también sonrío, ¡llegué! Baja la ventana y con el poco aliento que me queda le digo:
- Te llevaste las llaves de casa.
lunes, 23 de julio de 2007
De esos sucesos matutinos...
Como todas las mañanas, mate en mano, enfilo para el baño para ocuparme de mis asuntos diarios. Me siento en aquel trono de porcelana, amo de las mejores ideas y sin duda alguna responsable de muchas creaciones tanto modernas como anacrónicas. Abro el cajón en busca de mi compañera, una revista “Playboy” que leí más veces de las que me acuerdo, regalada y no comprada sigue siendo mi única revista subida de tono, que si "todo público" es un do, ésta más de un fa no podría ser, incluso un mi. Sin obscenidades y con artículos interesantes, una revista sin tintes vulgares que deleita con la forma femenina y con cultura, créase o no. Jamás fui vendedor de “Playboy”, lo juro. Mi búsqueda resulta en vano, no encuentro nada, hay cosas pero para mí son nada. Uso mi cabeza para deducir los posibles escenarios. Mis padres no porque están de viaje, en su lugar se encuentran mis abuelos a quienes se invita para mantener la casa bajo control, para evitar la fiesta y la abundancia, un país con muchas mujeres y pocos hombres, el sexo como moneda corriente y las drogas…no me hagan hablar de las drogas. Más allá de la fantasía inevitable continúo con mi investigación.
Sujeto 1 – El abuelo: pícaro pero callado, capaz de disfrutar como cualquier hombre de una revista donde se estila la forma más perfecta del planeta: el cuerpo desnudo de una mujer. Él no la sacaría de su lugar y de sacarla no me resultaría divertido pedirle que me mostrara dónde la guardó; imaginarme a mi abuelo como preadolescente avergonzado no me es fácil pero lo logro y prefiero evitarlo.
Sujeto 2 – La abuela: pícara también, irónica y jamás reservada. ¿Cómo anticipar su reacción ante el descubrimiento de ese material? Imposible. Diviso dos posibles escenarios: a) encontró la revista y justiciera la lanzó a la basura, ¡esa porquería vulgar no tiene lugar en este mundo!; b) encontró la revista y la guardó en alguna parte difícil de encontrar y evitar así que mi prima, aún joven, la hojee. Ambos son escenarios posibles, no me animo a otorgarles probabilidades. Queda mi prima pero la descarto rápidamente.
Salgo del baño con agenda. Primero me hago paso por los cuartos y cajones, tanto míos como de mis hermanos; de haberla guardado allí tendría que estar. Para mi sorpresa, nada. El caso no se cierra, permanece más abierto que nunca, me preparo, pues, para la sesión de interrogación, se pone complicado, preparo las herramientas de tortura y espero el momento exacto para atacar. Sigiloso, me muevo por la casa tratando de no ser visto, me acurruco e investigo (sí, sí, acurruco, término espía). No será fácil. Los veo pero están juntos; queremos (como dice el manual del espía) evitar la confrontación entre sospechosos, y además sería injusto para el abuelo, lo imagino nuevamente con la cara de preadolescente regañado por la mirada penetrante de su mujer, viejo soez y marrano. ¡Qué complicado! Me enojo conmigo mismo, esto no puede ser tan difícil. No me queda más remedio que permanecer out-of-sight (fuera de vista en inglés) y esperar que los sujetos se separen. El primer objetivo sería interrogar al anciano, más dócil. Con un poco de ayuda del azar, con la que cuenta todo buen espía, la abuela se retira primero y ataco:
- Este…abuelo, ¿vos no viste una revista en mi baño?
- ¿Qué tipo de revista?
Mierda, no me esperaba esa pregunta, soñaba con un oportuno sí o un maldito no.
- Em…una revista…
- Yo no he visto nada, pero ¿cómo es?
¡Otra vez la pregunta! No es tan grave, es el abuelo.
- Pornográfica, abuelo, pornográfica.
- Pues no la vi, pero si la encuentras no te olvides de tu pobre abuelo, estaré viejo pero estos ojos todavía funcionan, y muy bien.
Le doy una palmada y sonrío, le digo que no se preocupe. Me guiña el ojo y parte. Salgo en busca de la abuela, se encuentra en la cocina.
- Abuela, ¿vos no sacaste una revista de mi baño, no?
- ¿Una revista? ¿De qué tipo?
¡Dios y la virgen, qué necesidad! No planeo ceder tan fácil ante ella.
- Una revista, abuela, ¿la viste o no?
Ante la insistencia la abuela sospecha y da justo en el blanco.
- Una revista… ¿pornográfica?
Con lo que me disgusta esa palabra, de haber dicho sólo porno me hubiese quedado más tranquilo, no me pregunten por qué. La abuela no cedería hasta obtener respuesta, la conozco bien.
- Sí, abuela, pornográfica. – contesté abatido, avergonzado, preadoleciendo.
- No, no la vi.
Ante esta respuesta se salva por ser mi abuela pero mi pobre bisabuela seguramente se entera de lo que pasa por mi cabeza, no la conocí, pero pobre de ella.
- Pregúntale a tu prima – agrega.
Mi prima, pequeña curiosa, culebra. Antes de preguntarle me meto en el cuarto de mi hermano menor, donde durmió esa personita, entro recordando mi infancia y las guaridas…debajo de la cama, allí donde se esconden los monstruos, donde se junta el polvo y nadie busca, tal vez el peor escondite del mundo, pero qué seguro se siente. Me arrodillo y dudoso, registro el espacio, allí está.
Pero ahí no termina la historia. Caso cerrado, pero no me percaté de quienes me seguían como lemmings: mis abuelos. Me encuentran con la pornografía en mano. ¡Satanás!, porque sólo obra de él puede ser.
- Veo que la has encontrado – dice el abuelo mientras se acerca y toma la revista en sus manos. La abre justo donde las chicas y feliz exclama:
- ¡Qué tetas!
- Pero si son de mentira, viejo – contesta mi abuela – y mira, se le ha caído el traje de baño, pobrecita.
Y así me encontraba la situación, hojeando pornografía con mis abuelos, admirando sus comentarios, sus años…mis abuelos. Entre sus palabras logro comentar:
- También tiene algunos artículos interesantes.
Pero poco interesados están, ellos se divierten más con las chicas, al igual que su nieto.